top of page

Sílvia Bosc

Acompañamiento psicoeducativo

Sobrios por fuera, perdidos por dentro

Dejar de consumir puede abrir una puerta, pero abrir una puerta no significa haber llegado a casa.

Cuando dejar de consumir no significa todavía volver a vivir

En los tratamientos de adicciones hay palabras que pesan mucho. Ganas de consumir. Enfermedad. Recaída. Riesgo. Programa. Prevención. Control. Muerte.

No son palabras pequeñas. Quien ha trabajado cerca de ellas sabe que no aparecen por casualidad, y que tampoco conviene tratarlas con ligereza. Hay consumos que destruyen cuerpos, vínculos, trabajos, familias, casas enteras. Hay recaídas que arrasan lo que una persona había empezado a levantar con un esfuerzo inmenso. Hay situaciones donde el riesgo no es una idea abstracta, sino algo que se puede tocar en la piel, en el deterioro físico, en la mirada de una familia agotada, en la urgencia de una intervención, en el miedo real a que alguien no llegue vivo al día siguiente. La muerte, en algunos procesos, no es una exageración del lenguaje; está cerca, demasiado cerca, y por eso muchos marcos de tratamiento necesitan ser firmes, claros y capaces de sostener límites que una persona quizá todavía no puede sostener por sí misma.

Durante un tiempo, ese lenguaje puede ordenar. Una vida atravesada por el consumo o por una conducta compulsiva suele llegar cargada de confusión, promesas rotas, negación, vergüenza, daños visibles y daños que todavía nadie ha podido nombrar. En ese punto, poder decir recaída, enfermedad, riesgo o ganas de consumir puede ofrecer una primera estructura. La persona empieza a reconocer movimientos que antes parecían destino o caos; empieza a distinguir entre deseo, impulso, daño, alivio inmediato y consecuencia. Puede entender que aquello que le ocurre tiene una lógica, que no está simplemente fallando como ser humano, que hay un patrón, una repetición, una forma de relación con el malestar que necesita ser mirada.

El problema empieza cuando esas palabras, de tanto sostener el campo, empiezan a ocuparlo entero. Entonces casi todo puede leerse desde el riesgo. Una tristeza se convierte demasiado rápido en ganas de consumir. Una duda puede sonar a falta de conciencia. Una resistencia puede interpretarse como manipulación. Una necesidad de parar puede quedar bajo sospecha. Una pregunta más honda puede parecer una amenaza al programa. La persona aprende a moverse dentro de un idioma donde cada gesto parece tener ya una traducción prevista, y poco a poco puede dejar de preguntarse qué está pasando de verdad debajo de aquello que se nombra con tanta seguridad.

Quizá muchas veces haya riesgo, claro que sí. Quizá algunas ganas de consumir estén ahí, aunque la persona todavía no pueda reconocerlas. Quizá una parte del trabajo sea ayudar a ver lo que la defensa no quiere ver. Pero cuando el lenguaje se cierra demasiado pronto, deja de escuchar. Ya no alcanza a preguntar qué cuerpo se ha activado, qué vergüenza acaba de aparecer, qué vínculo ha tocado una herida, qué soledad se ha vuelto insoportable, qué forma de vida sigue necesitando anestesia para poder sostenerse.

Ahí la recuperación puede empezar a confundirse con una forma correcta de hablar de una misma. La persona aprende las palabras, aprende el mapa, aprende a detectar señales, aprende a decir “esto es mi enfermedad”, “esto es una defensa”, “esto son ganas de consumir”, “esto es mi personaje”. Y algo de todo eso puede ser cierto y útil, incluso decisivo. Pero también puede ocurrir que el lenguaje llegue antes que la experiencia, que la explicación sustituya al contacto, que el relato de recuperación se vuelva una identidad nueva antes de que la vida haya sido realmente tocada por dentro.

Dejar de consumir puede abrir una puerta enorme. En algunos casos, sin esa puerta no hay nada más que hablar, porque la vida está demasiado tomada por la sustancia, por la compulsión, por la urgencia de conseguir, negar, tapar o reparar. La abstinencia puede salvar una vida, recuperar un cuerpo, devolver presencia, permitir que algo deje de romperse cada día. Tiene un valor inmenso. Pero dejar de consumir no siempre significa haber vuelto al cuerpo. Tampoco significa haber encontrado una forma más verdadera de vivir.

A veces, cuando la sustancia cae, queda al descubierto un vacío que durante años había sido mantenido a distancia por el consumo.

Una persona puede estar sobria por fuera y seguir profundamente perdida por dentro. Puede cumplir un programa y no saber todavía qué hacer con la tristeza. Puede sostener una vida aparentemente ordenada mientras su cuerpo continúa siendo un lugar extraño, vigilado o sin casa. Puede haber abandonado una sustancia y seguir buscando alivio en el control, en la prisa, en el trabajo, en las pantallas, en la aprobación, en las relaciones, en la actividad constante o incluso en un discurso de conciencia que le permite entender mucho sin tener que sentir del todo.

Esa zona es delicada porque no se ve tan fácilmente. Desde fuera, la vida puede parecer mejor: horarios, abstinencia, responsabilidad, lenguaje, asistencia, voluntad. Y todo eso importa. Pero por debajo puede seguir intacta la misma dificultad para quedarse con lo que duele, la misma vergüenza antigua, la misma soledad sin nombre, la misma incapacidad para poner un límite sin sentir culpa, la misma necesidad de pertenecer aunque eso implique desaparecer. La conducta ha cambiado, pero la forma de abandonar el cuerpo puede seguir buscando otros caminos.

En los tratamientos se habla mucho del personaje. El personaje del adicto, el que niega, manipula, se esconde, promete, actúa, dramatiza, seduce, victimiza o se defiende para no tocar todavía lo que tendría que mirar. Hay verdad en esa lectura. Muchas veces el consumo organiza una identidad de supervivencia y una manera de relacionarse con los demás donde todo queda al servicio de no caer, no sentir, no hacerse responsable o no perder la única fuente de alivio disponible.

Pero el personaje no pertenece solo a quien consume.

También puede aparecer en quien acompaña. En quien sabe. En quien entiende. En quien sostiene un discurso correcto sobre la recuperación. En quien señala mecanismos ajenos con mucha claridad mientras conserva sin mirar los propios. En quien habla de conciencia desde una presencia que quizá no ha terminado de pasar por el cuerpo. En quien pide honestidad radical a otros, pero no siempre se pregunta qué parte de su propia vida continúa organizada alrededor del control, la prisa, la aprobación, la autoridad, el cansancio o una imagen profesional bien construida.

Esto no desacredita el acompañamiento. Lo vuelve más serio, porque acompañar procesos atravesados por adicciones, compulsiones, vergüenza y búsqueda de alivio exige algo más que un modelo. Exige una práctica interior que mantenga vivo el lenguaje. No una pureza imposible, ni una perfección moral, ni la fantasía de que quien acompaña debe tenerlo todo resuelto. Exige una disposición honesta a no convertir el marco en refugio, a revisar las palabras que se repiten, a percibir cuándo una explicación empieza a alejarse del cuerpo vivo de la persona que está delante.

Hay algo que quien sufre percibe, aunque no sepa decirlo. Percibe si delante hay presencia o solo discurso. Percibe si las palabras van por un lado y el cuerpo por otro. Percibe si se le está pidiendo una verdad que el propio campo no se atreve a mirar. Percibe si el tratamiento lo ayuda a vivir o si lo está entrenando para ocupar correctamente el lugar de persona en recuperación. A veces aprende a decir lo que se espera, a narrarse de un modo aceptable, a reconocer el personaje según el guion, a llamar conciencia a una nueva forma de obediencia.

Cuando eso ocurre, la recuperación se vuelve demasiado estrecha. Ya no se pregunta qué vida quiere nacer cuando el consumo deja de ocupar el centro, ni qué vínculos necesitan cambiar, ni qué cuerpo necesita ser recuperado, ni qué dolor ha quedado sin cauce. El proceso se concentra en evitar la recaída, sostener el programa, controlar el riesgo y vigilar la enfermedad, pero puede olvidar una pregunta más incómoda y más fértil: qué ayuda realmente a que una persona vuelva a vivir.

Esa pregunta abre otro campo. No borra el riesgo, no niega la enfermedad, no desprecia la abstinencia, no romantiza el consumo ni convierte el alivio en algo inocente. Solo pide mirar más lejos. Pide no reducir una vida a la conducta que la destruyó ni a la identidad que luego la ordenó. Pide preguntarse qué función cumplía aquello que ahora intentamos retirar: qué calmaba, qué evitaba, qué emoción interrumpía, qué lugar ocupaba en el cuerpo, en los vínculos, en la soledad, en la vergüenza, en la necesidad de pertenecer.

Vista así, la adicción deja de ser únicamente un problema de algunas personas y empieza a mostrar un mecanismo profundamente humano: la dificultad de quedarse donde algo quema. Hay sustancias con un poder destructivo enorme y hay conductas compulsivas que no se pueden poner en el mismo nivel de daño, pero el movimiento de fondo a veces se parece. Fumar, beber, comer, trabajar, controlar, comprar, mirar pantallas, buscar validación, encadenar vínculos, llenarse de cursos, de espiritualidad, de ruido o de actividad pueden cumplir, en distintos grados, una función parecida: no llegar al lugar donde el cuerpo guarda lo que todavía no ha podido ser escuchado.

No todo alivio es adicción. No toda búsqueda de calma es huida. El cuerpo también necesita descanso, placer, vínculo, distracción, belleza, pausa. Pero hay formas de alivio que no descansan: interrumpen. No permiten que la rabia diga lo que venía a decir, que la culpa abra una memoria antigua, que la tristeza encuentre llanto, que la vergüenza pueda ser mirada sin convertirse en desaparición, que el límite aparezca como consecuencia de haber sentido hasta el final.

Por eso algunos procesos empiezan de verdad cuando la sustancia cae. Aparece la vida que el consumo mantenía a distancia. Aparecen los vínculos que ya no se sostienen sin anestesia. Aparecen las habitaciones internas que estaban cerradas. Aparece una soledad que no se resuelve con voluntad. Aparece el cuerpo, a veces como un territorio incómodo, pero también como el único lugar donde la verdad puede completar su recorrido.

Una mirada psicoeducativa necesita cuidar este punto. La conducta importa. El daño importa. La responsabilidad importa. También importa comprender que muchas veces aquello que destruyó fue antes una solución imperfecta: una manera de seguir, un refugio pobre, caro, peligroso quizá, pero refugio al fin, cuando no había otra forma de sostener el dolor, la vergüenza, la rabia, el vacío o la pertenencia amenazada.

El trabajo, entonces, no puede limitarse a quitar algo. Tiene que ayudar a construir el lugar interno y relacional donde eso ya no tenga que ocuparlo todo. Una vida donde el cuerpo pueda ser escuchado antes de romperse. Donde la vergüenza no obligue a esconderse. Donde el límite no sea vivido como abandono. Donde pertenecer no signifique traicionarse. Donde el lenguaje sirva para volver a la experiencia, no para taparla con palabras correctas.

Quizá recuperarse de verdad tenga que ver con eso: con dejar de organizar la vida alrededor de la huida, aunque la huida ya no tenga forma de sustancia; con permitir que la abstinencia sea un comienzo y no una llegada; con revisar los discursos que ordenan, para que no se conviertan en paredes; con mirar también a quienes acompañan, no para romper nada, sino para que el campo pueda sostener la misma verdad que pide.

Estar sobrio por fuera puede salvar.

Pero recuperarse de verdad quizá empiece cuando una persona no solo deja de consumir, sino que deja de quedarse a medio camino de sí misma.

bottom of page